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Dozavario 2011
Viernes 9 de Diciembre - Solemnidad de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin

Santa María de Guadalupe, Estrella de la primera y nueva Evangelización


Sagrada Escritura
Viernes de la II Semana de ADVIENTO: Juan y la grandeza del reino del redentor.

Ecle. 3, 19-26: Hazte pequeño en las cosas humanas y alcanzaras el favor de Dios
Cor 1,26-31: Dios ha elegido a los débiles del mundo
Mt 11,25-30: A los pequeños y sencillos se les ha revelado el Reino de Dios.

El Santo Padre Juan Pablo II afirmó: “Juan Diego, obedeciendo cuidadosamente los impulsos de la gracia, siguió fiel a su vocación y se entregó totalmente a cumplir la Voluntad de Dios, según aquel modo en el que se sentía llamado por el Señor. Haciendo esto, fue sobresaliente en el tierno amor para la Virgen María, a la que tuvo constantemente presente y veneró como Madre y se entregó al cuidado de su casa con ánimo humilde y filial”[8].

El Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, en su carta pastoral con motivo de la canonización de nuestro hermano San Juan Diego Cuauhtlatoatzin señala: “Una personalidad como la de Juan Diego, vivida en fidelidad a la voluntad divina y al servicio de los hermanos se convierte, para cualquier bautizado, en un modelo que llama a la conciencia y nos anima a confrontar nuestro estilo de vida con el Evangelio de Jesucristo, y a integrarnos a los demás miembros del pueblo de Dios para seguir colaborando en la misión a favor de esta ciudad de México. Contemplación, oración, práctica sacramental, ayuno y penitencia, misión, son parte de la personalidad espiritual del agente laico evangelizador”[9].

Profundización del Acontecimiento Guadalupano

El Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, siempre declaró la gran importancia del Acontecimiento Guadalupano, como el hecho histórico que ha dado estos frutos de salvación. Desde su primera visita pastoral a México en 1979, fue directo y preciso al hablar sobre Santa María de Guadalupe como la que iluminó el camino de la evangelización. Dijo el Santo Padre en aquella ocasión: “Nuestra Señora de Guadalupe, venerada en México y en todos los países como Madre de la Iglesia en América Latina, es para mí un motivo de alegría y una fuente de esperanza. «Estrella de la Evangelización», sea ella vuestra guía.”[10]

El Papa confirmó la fuerza y la ternura del mensaje de Dios por medio de la Estrella de la evangelización; momento histórico para la evangelización de los pueblos, “La aparición de María al indio Juan Diego –reafirmó el Santo Padre– en la colina del Tepeyac, el año de 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente. [...] María Santísima de Guadalupe es invocada como «Patrona de toda América y Estrella de la primera y de la nueva evangelización».”[11] Y ante los pies de la Virgen de Guadalupe vislumbró la manera de realizar su Pontificado: “Visité –recordaba el Papa– el santuario de Guadalupe en enero de 1979, durante mi primera peregrinación apostólica. El viaje fue decidido como respuesta a la invitación apostólica en la Asamblea de la Conferencia de los obispos de América Latina (CELAM), en Puebla. Aquella peregrinación inspiró en cierto sentido todos los siguientes años del pontificado.”[12]

Juan Pablo II siempre encomendaba la misión de la Iglesia a María, decía en el Domingo Mundial de las Misiones de 18 de septiembre de 1987: “Por la intercesión de María, estrella de la evangelización, confío a Cristo, el Señor, toda la comunidad eclesial para que crezca en su conciencia misionera.”


Notas
[8]   AAS, LXXXII (1990), pp. 853-855.
[9]   Norberto Rivera Carrera, Carta Pastoral por la Canonización del Beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin, laico, México, D. F., a 26 de febrero de 2002, Ed. Arquidiócesis Primada de México, México 2002, No. 120.
[10] Juan Pablo II, «Alocución por la III Conferencia General del Episcopado Latino Americano», 28 de enero de 1979, en AAS,  LXXI (1979) 3, p. 205.
[11] Juan Pablo II, Ecclesia in America, No 11, p. 20.
[12] Juan Pablo II, ¡Levantaos! ¡Vamos!, traducción Pedro Antonio Urbina Torella, Ed. Plaza Janés, México 2004, pp. 58-59.
 
 
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