Apreciable Señor Rector de
este querido santuario, Mons. Enrique Glennie Graue, M.I.
Señores Canónigos, Padres capellanes, Diáconos, seminaristas,
religiosos y religiosas, hermanos peregrinos que han venido
hoy, todos lo que formamos parte de esta Iglesia peregrina,
Gracia y Paz en el Señor.
Hoy hemos venido como peregrinos
al Santuario dedicado a Nuestra Madre Santa María de Guadalupe,
simbolizando con ello que somos peregrinos en este mundo,
en este desierto, para llegar a la tierra prometida, la
ciudad celestial, como hoy hemos venido aquí para celebrar
el memorial de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro
Señor Jesucristo, y presentarle llenos de fe nuestra oración,
súplicas y necesidades por intercesión de la virgen inmaculada,
Santa María de Guadalupe, nuestra madre y maestra.
En este recinto donde siempre
nos recibe la Señora del Cielo, la siempre Virgen Santa
María de Guadalupe, madre del verdaderísimo Dios por
quien se vive, y nos da la bienvenida como la madre
que recibe a sus hijos. En este décimo día del dozavario,
como una estación más que hacemos en el camino hacia el
cielo, como un paso más que nos prepara y nos acerca para
celebrar a nuestra Reina, más no es una reina de la alcurnia
de este mundo, sino es nada menos que la Reina del cielo,
a quien ya mañana en la noche entre luces y cantos, peregrinos
y danzas, calidez y gélido de invierno, ofrendas y promesas,
mañanitas y flores, rocío y alborada, celebraremos ufanos
un aniversario más de las apariciones de la Reina de reinas,
la Señora del cielo aquí en el Tepeyac, al cumplir 480 años,
recordando aquél luminoso 12 de diciembre cuando ante el
Obispo Juan de Zumárraga quedó estampada la Guadalupana
en la tilma de San Juan Diego, en una estancia del palacio
episcopal.
Es de considerar y recordar,
hermanos y hermanas, que desde los orígenes de este acontecimiento
en 1531 −en
su aparición y advocación de Guadalupe− María
constituyó y fue el gran signo, para este sagrado suelo
del Anáhuac, del rostro maternal y misericordioso de la
cercanía del Padre y de Cristo, con quienes ella nos invita
a entrar en comunión. María fue también la voz que impulsó
a la unión entre los hombres y pueblos. Ella nos dice: hagan
lo que Él les diga, en las bodas de Caná (Jn 4,
5), en el Tepeyac, nos dice: Mucho quisiera, mucho deseo,
que en este lugar se me construya una casa para en ella
mostrar todo mi amor, pero a través de ese amor mostrar
a mi hijo Jesucristo, al verdadero Dios por quien se vive.
Y Juan Diego en el Tepeyac escuchó, la voz de la Señora
del cielo que le pedía ir al obispo y la Palabra de Dios
en este día nos presenta a Elías, el profeta de fuego, y
Jesús explica que Elías ha venido ya, para preparar los
caminos del Señor y de hecho esta segunda semana de Adviento
se nos propone esplendente la figura de Juan, el precursor,
quien como mensajero, emite su voz para que se arrepientan.
Este hecho coincide muy bien
con los proyectos pastorales en nuestra Arquidiócesis, pues
se nos invita como Elías, Juan el bautista, nuestra madre
María, Juan Diego a escuchar las voces del mundo, ahora
las de nuestro tiempo y dar respuesta a las expectativas.
Esto se proyecta para nuestra Iglesia local, con la propuesta
de relanzar con mucho entusiasmo el proceso evangelizador
misionero para nuestra ciudad, según la vivencia que
hemos tenido a partir del II Sínodo diocesano, por lo que
es muy importante descubrir la voz de Dios en las voces
de nuestros hermanos.
En este contexto, en el texto
del libro del Eclesiástico (Sirácide) se nos dice: ¿Qué
glorioso eres, Elías, por tus prodigios? Dichosos los que
te vieron y murieron gozando de tu amistad; pero más dichosos
los que estén vivos cuando vuelvas. Esto nos lleva a
pensar lo que contempló Juan Diego "El resplandor de
Ella como preciosas piedras, como ajorca (todo lo más bello)
parecía: la tierra como que relumbraba con los resplandores
del arcoíris en la niebla". Cuando Juan Diego contempló
estas maravillosas manifestaciones, inmediatamente vino
a su mente la imagen del paraíso celestial, y lo que escucharon
su contemporáneos sobre su experiencia de su encuentro con
la Virgen Morena y lo que nosotros escuchamos y a la vez
trasmitimos como los nuevos Juan Diego. Esto es lo que nos
narra un antiguo escrito, que describe así esta sin igual
hermosura: "La altura de su imagen es como una persona
(mide 143 cms), su hermoso rostro es muy delicado y noble,
de tez morena, denota una princesa humilde; están sus manos
juntas sobre el pecho, hacia donde empieza la cintura. Tiene
un cinto entre negro y morado sobre su vientre, solamente
su pie derecho descubre un poco la punta de su calzado color
ceniza. Su ropaje, en cuanto se ve por fuera, es de color
rosado, que en las sombras parece bermejo; y está bordado
con diferentes flores, todas en botón y bordes dorados.
Además de adentro asoma otro vestido blanco y suave, que
ajusta bien en las muñecas y tiene deshilado el extremo.
Su velo, por fuera, es azul
celeste; sienta bien en su cabeza; no cubre nada de su rostro;
y cae hasta sus pies, ciñéndose un poco por el medio; tiene
toda la franja dorada, que es algo ancha, y estrellas de
oro por todo él, las cuales son cuarenta y seis. A sus pies
está la luna, cuyos cuernos miran hacia arriba. Se yergue
exactamente en medio de ellos y de igual manera aparece
en medio del sol, cuyos rayos la siguen y rodean por todas
partes. Son cien los resplandores de oro, unos muy largos,
otros pequeñitos y con figuras de llamas: doce circundan
su rostro y cabeza; y son por todos cincuenta los que salen
de cada lado. Junto a ellos, al final, una nube blanca rodea
los bordes de su vestidura.
Esta preciosa imagen que aquí
la tenemos y podemos contemplar, con todo lo demás,
está sobre un ángel de tez morena y sonrisa en sus labios,
del cual se ve solo medio cuerpo hasta la cintura; hacia
abajo está como metido en la nube. Los extremos del vestido
y del velo de la Señora del Cielo, que caen muy bien en
sus pies, por ambos lados los coge con sus manos el ángel,
cuya ropa es de color bermejo, con un cuello dorado, y cuyas
alas desplegadas son de ricas plumas, largas y verdes, y
de otras diferentes. La van llevando las manos del ángel,
que, está muy contento de conducir así a la Reina del Cielo".
Así motivados por esta fragante
hermosura nos percatamos, que es la madre del amor,
del conocimiento y de la santa esperanza de la que
se habla en el capítulo 24 del libro del eclesiástico. La
Señora que se nos propone en el capítulo 12 del libro del
Apocalipsis, una mujer rodeada con el sol con la luna
bajo sus pies, que gime porque está a punto de dar a luz...
Es por ello, que a la luz de la Palabra de su Hijo y del
mensaje que Ella nos trasmite queremos tomar conciencia
de que hoy más que nunca tenemos que estar comprometidos
en nuestra fe, asumiendo el encargo que nos ha dejado el
de ser discípulos misioneros de su hijo Jesús. De constituirnos
la voz de su hijo Jesucristo por las calles de nuestra ciudad.
Hoy como Elías, el profeta
de fuego, como Juan el Bautista, el nuevo Elías, el que
prepara el camino del Señor, como María la humilde sierva
del Señor que nos recibe, y como Juan Diego su mensajero,
también nosotros queremos glorificar a Dios por las maravillas
que Él ha hecho con nosotros; pues no ha hecho cosa igual
con las demás naciones, lo cual nos llena de inmensa
alegría porque queremos sellar nuestros compromisos aquí,
ante su imagen. Pues nos llena de anhelo el hacernos también
nosotros, como Ella, mensajeros del Evangelio de su Hijo,
es decir sus discípulos misioneros.
Como nos lo ha dicho, el Señor
Arzobispo, Don Norberto Rivera Carrera en su mensaje pronunciado
en la peregrinación en el inicio de este año: “Descansemos
en el regazo materno de nuestra madre, María de Guadalupe.
En Ella reconocemos la raíz de la fe que nos sostiene; en
Ella encontramos lo que nos une e identifica como hermanos.
En Ella experimentamos cómo el Espíritu completa lo que
no alcanzamos a realizar”.
Por ello, llama la atención
como una maravillosa coincidencia, queridos hermanos, que
hoy la Palabra del Señor proyecta su mensaje en tomo a la
figura del "fuego abrazador" que en forma de teofanía
aparece en relación a la figura de Elías diciendo: En
aquel tiempo, surgió Elías, un profeta de fuego; su palabra
quemaba como una llama e hizo que descendiera tres veces
fuego de lo alto y en torbellino de llamas fue arrebatado
al cielo, nos dice el texto del libro del Eclesiástico
que se nos ha proclamado hoy, y según la tradición judía
Elías volverá para anunciar la llegada del Mesías, tal es
la pregunta que en el Evangelio de Mateo se presenta: ¿Por
qué dicen los escribas que primero tiene que venir Ellas?
La respuesta la da el mismo Jesús, respondiendo -Ciertamente
Elías ha de venir y lo pondrá todo en orden. Es más, yo
les aseguro que Elías ha venido ya, pero no lo reconocieron.
Entonces entendieron los discípulos que les hablaba de Juan
el Bautista. El fuego abrazador aparece también
en el momento del bautismo de Jesús en el río Jordán realizado
por el Precursor y de manera esplendente el día de Pentecostés.
En este contexto, justamente
vemos como de manera semejante el Señor nos manifiesta su
amor y predilección en el Tepeyac, cuando aparece aquella
mañana del 12 de diciembre la Señora del cielo que viene
a traernos a su Hijo Jesucristo, Dios encarnado en su seno.
Como dice el himno guadalupano que continuamente cantamos
aquí: "En la santa montaña en la cumbre, apareció
como un astro María ahuyentando con plácida lumbre la tinieblas
de la idolatría". Ella nos entregó el tesoro
de su propio Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, que llevaba
en el Santuario de su virginal vientre con los bellos resplandores
del sol, con la luna como testigo y las estrellas adorándolo.
Fue aquí en el Tepeyac donde "los mezquites y nopales
y las demás hierbecillas que allá se suelen dar, parecían
esmeraldas. Como turquesa aparecía su follaje. Y su tronco,
sus espinas, los riscos, relucían como el oro" con
la tierra y el universo entero cubriéndolo de gloria y majestad;
entre flores y cantos de la Verdad que se arraiga en María.
Así hermanos todos, es urgente
entonces, identificar la voz de Dios, desde el Tepeyac,
particularmente cuando en estos días vienen tantos peregrinos
a rendir homenaje a la Reina del cielo y discernir de entre
todas las voces que nos hablan, porque puede suceder que
escuchemos voces fundamentadas en espejismos de aparentes
bienes, más bienes de este mundo que agradan a nuestro cuerpo,
como son: el poder enfermizo y desmedido que se olvida incluso
de la propia dignidad como personas, riquezas mal habidas,
instituciones corrompidas, vicios: el alcoholismo, la drogadicción,
los atentados contra la vida y la dignidad de la persona,
el lavado de dinero, crimen organizado, tráfico de personas
y de drogas, en fin espejismos, que buscan alejarnos del
bien supremo, que es Dios. Por ello tenemos que discernir
preguntándonos ¿Qué voz es esa que nos habla? ¿De qué se
trata?, esta imagen del anuncio de Elías ha de venir
y lo pondrá todo en orden. Del mismo modo, el Hijo del hombre
va a padecer a manos de ellos. Esta Palabra que
se nos propone hoy para nuestra reflexión encaja muy bien
con la temática en la que tratamos de identificar, buscar,
escuchar y descubrir la voz de Dios en las voces de nuestra
ciudad, por ello, hoy con la imagen del profeta de fuego,
el precursor y la montaña del Tepeyac comprendemos el beneplácito
de Dios que nos da su respuesta para escuchar su voz a través
de la Buena Nueva que nos hace entender los signos de los
tiempos, mediante el discernimiento para reconocer que el
Señor que viene ya está entre nosotros.
En este contexto, el Papa Benedicto
XVI, con motivo de su viaje a Benín, África, del 18 al 20
de noviembre, en su exhortación a ese propósito nos señala:
"Hacemos una invitación a renovar cada día el anuncio
del Evangelio sobre pistas precisas que conduzcan a una
nueva evangelización: caracterizada por el compromiso de
promover la reconciliación, la justicia y la paz”.
Esta palabras que nuestro pastor nos dice, tan llenas de
realismo, están propuestas con gran tino para afrontar los
retos de nuestro tiempo.
Queridos hermanos, escuchando
la voz de Cristo, por sus profetas y el precursor, nosotros,
como Iglesia que peregrina en esta ciudad, nuevo pueblo,
queremos "caminar juntos", tal como hemos reflexionado
en nuestra Asamblea Diocesana que se desarrolló el fin de
semana antepasado, queremos escuchar la voz de Dios en
las voces de nuestra ciudad para colaborar todos, especialmente
en la construcción del nuevo pueblo, en su caminar histórico,
como nuevos Juan Diego, en el destino luminoso y firme,
en la senda transparente, especialmente en este tiempo de
discernimiento electoral que ya ha comenzado. Es necesario
entonces, que todos unidos colaboremos, para que podamos
construir el proyecto de democracia, de justicia, de solidaridad
y libertad.
Quiero terminar esta reflexión,
no sin antes animamos mutuamente a vivir unidos y llenarnos
de esperanza pensando en un futuro mejor. Este tiempo de
Adviento es una oportunidad para reflexionar a fondo nuestra
situación, recordemos que no estamos solos, Jesús, el maestro
nos acompaña en el camino. Él nos manifiesta su predilección,
pues nos ha bendecido por la presencia protectora de nuestra
Madre, Santa María de Guadalupe, ya que por Ella hemos conocido
la voz del verdaderísimo Dios por quien vivimos. Voz celestial
para la nueva evangelización, quien nos abrirá las puertas
de los hogares de aquellos hermanos alejados, para que escuchen
el mensaje de lo mucho que Dios Padre nos ha amado, que
nos ha entregado a su Hijo unigénito, para que crean y vivan.
Muchas bendiciones en nuestras solemnidades decembrinas.
¡Que así sea!