4 de febrero de 2012
“Te
doy un corazón sabio y prudente” así responde Dios a Salomón,
a la oración que le ha hecho solicitándole una sabiduría de corazón,
para gobernar a su pueblo; cosa que como nos dice el texto sagrado
agradó a Dios, porque pidió lo esencial para cumplir su misión.
Le dijo Dios: por haberme pedido esto y no una larga vida, ni
riquezas, ni la muerte de tus enemigos; sino sabiduría para gobernar,
Yo te concedo lo que me has pedido.
Hoy
estamos aquí, no como cada uno de nosotros en lo individual; nos
hemos congregado, como iglesia de Tlalnepantla. No hemos venido
para pedirle a Dios, sí acaso así uno ha venido piénselo antes,
para pedirle a Dios; no hemos venido a pedir por nuestra salud,
por nuestras penas, por nuestras angustias. Hemos venido aquí como
Salomón en el Santuario de Jerusalén, para pedirle a Dios lo que
necesitamos para que nuestra iglesia de Tlalnepantla cumpla su misión.
Eso
es lo que venimos a hacer; lo demás, como dice Dios a Salomón:
de todos modos te lo concederé. Y te lo concederé lo demás porque
estás siendo consiente de cual es la cosa más importante que me
debes pedir, lo que se refiere a tu misión. Lo que se refiere en
el caso de la iglesia de Tlalnepantla: anunciar a Cristo vivo, presente
en medio de nosotros.
Vamos
a tratar de reflexionar un poco a la luz de los siguientes textos
esta consideración para que nuestra convicción sea profunda y nuestra
súplica sea común. En esta hermosa casita del Tepeyac, aquí a los
pies de nuestra Madre, la Morenita, Ella ve nuestras aflicciones,
Ella conoce todos nuestros problemas, todos nuestros sufrimientos,
todas nuestras desesperanzas, Ella sabe lo que nos duele: tanta
muerte, agresión, violencia, injusticia, impunidad, no respeto a
la dignidad humana.
Ella
lo sabe, pero como su Hijo Jesús, también a nosotros nos pide centrarnos
en lo que es fundamental y dejar que lo accesorio vaya siendo consecuencia
de que nos dedicamos a lo central. ¿Qué es lo central? Que nuestra
Iglesia cumpla su misión presentar a Cristo, transmitirlo como una
experiencia viva, transmitir nuestra fe abierta y espontáneamente
con nuestros testimonio alegre y feliz de ser discípulos de Cristo.
El
texto de la carta del apóstol san Pablo nos dice que ha llegado
la plenitud de los tiempos, que ya estamos en el tiempo del cumplimiento
de las promesas, como Iglesia somos una promesa en cumplimiento,
no es para mañana, para un futuro incierto es ya una realidad. Ya
Dios envió a su Hijo, dice san Pablo, nacido de una mujer
para rescatarnos, para hacernos hijos suyos. Este es el proyecto
que está en proceso de cumplimiento en plenitud: la familia de Dios,
los hermanos, respeto a la dignidad humana desde el que está por
nacer hasta el que está por morir, respeto a la dignidad humana
cualquiera que sea su condición social, su origen, su situación
personal.
Así
formamos la familia de Dios, pero para que esto se dé, dice san
Pablo, puesto que ya son ustedes hijos Dios envió a sus
corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abbá, es decir
Padre. Por eso es que ya no es promesa, es realidad, el Espíritu
Santo está en cada uno de nosotros.
Muchos
de ustedes se podrán preguntar ¿pero cómo lo descubro? ¿cómo lo
percibo? este es uno de los puntos fundamentales de la formación
de los discípulos, que debemos de organizar en nuestra parroquias
¿cómo formar para aprender a entrar en esa condición con plena docilidad
al Espíritu de Dios para ser la voluntad de Dios Padre? Este es
el punto central del discipulado; este es el punto medular para
que no solamente tengamos feligreses que asistan a los templos,
sino tengamos discípulos de Cristo en una experiencia comunitaria
en sus parroquias.
Esta
es la conversión pastoral a la que nos está llamando la Iglesia.
Creer que de esta manera sea hace eficaz la transmisión de esa experiencia
de Cristo vivo. Nadie lo podrá hacer aisladamente, ni yo como obispo,
ni un presbítero aislado, ni un feligrés sólo. Lo tenemos que hacer
en familia, en comunidad. Y nosotros somos una Iglesia muy densa,
nos corresponden territorialmente a la arquidiócesis dos millones
aproximadamente (números cerrados) de católicos. ¿Cómo conocernos
dos millones de católicos? Aquí estamos una buena expresión de distintas
parroquias, pero no somos más que una pequeña partecita de los dos
millones. ¿Cómo podemos vivir está experiencia en comunidad, en
Iglesia siendo tantos y con tantas características distintas, clases
sociales de distintos niveles, diferentes urbanizaciones y sectores
populares amplísimos y algunos en mucha pobreza? ¿cómo podemos expresar
está experiencia de Cristo vivo, presente entre nosotros?
No
se da por espontaneidad, es necesario trabajarlo. Por eso esta semana
que acaba de pasar y la próxima semana están estudiando intensamente
la metodología prospectiva nuestros vicarios episcopales y los decanos
de la arquidiócesis, para luego acompañar a los párrocos en cada
uno de sus decanatos. Pero todo será inútil si nuestro corazón no
se abre a descubrir que esto no es una simple indicación del obispo,
sino que es la manera de implementar en el mundo de hoy la misión
de la Iglesia. Que descubramos lo que el Espíritu dice a nuestra
Iglesia, que cada vez se desmorona en cuanto tejido social, que
cada vez entra en un campo ambiguo y confuso de qué es el bien y
qué es el mal.
Fíjense,
como Salomón lo pedía, en la primera lectura, quería esa sabiduría
de corazón para discernir entre el bien y el mal. Hagan una pequeña
experiencia en su propia familia y verán que no se ponen de acuerdo
en que cosas son buenas y en que cosas son malas. Va haber varias
cosas que les va a decir algún miembro de la familia, depende de
lo que uno quiera.
¿Qué
es el bien y qué es el mal? es necesario trabajar en un proceso
de pequeñas comunidades en las parroquias, muchas ya los tienen.
Hay parroquias hasta 60 y 65 pequeñas comunidades. Hay otras con
menor tamaño de comunidades, pero que todavía son pocas para que
lo dos millones estén integrados en una pequeña comunidad. La tarea
es grande y por eso nos viene muy bien ver el Evangelio el hoy.
No hay que precipitarnos queriendo hacer las cosas de la noche a
la mañana.
El
texto del Evangelio de hoy, es continuación de un envío de misión
que hace Jesús a sus apóstoles, para que aprendan el arte del apostolado,
de la transmisión de la Buena Nueva, de que ya llegó la plenitud
de los tiempos, de que ya está el Espíritu de Dios en medio de nosotros.
Los apóstoles vuelven felices y Jesús los lleva, o los pretende
llevar, a un lugar de descanso, tranquilo. Dice el texto: vengan
conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco, descanso.
Sin embargo, dice el texto: eran tantos los que iban y venían
que no le dejan tiempo ni para comer. Y entonces vemos la actitud
de Jesús. Preocupado por el descanso de sus agentes de pastoral,
pero al mismo tiempo sensible a las necesidades de las multitudes.
Dice el texto: que vio una numerosa multitud que lo estaba esperando
y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor.
Así
debemos de ser los sacerdotes y todos nuestros colaboradores, agentes
de pastoral en las parroquias. Buscando, sí, nuestro propio ritmo
de vida, pero al mismo tiempo nuestra gran sensibilidad, para dar
de comer a estas multitudes con el Pan de la vida y la Palabra de
Dios. Porque sólo con este alimento, Palabra de Dios y Pan de la
vida se formaran en firme las comunidades. Crecerán sólidas y serán
capaces de extenderse y multiplicarse.
Hermanos,
que estas breves consideraciones les hagan ver el anhelo de su obispo,
de su pastor, no debemos de bajar los brazos y de pensar que las
situaciones lamentables que vivimos son sin solución, son sin esperanza.
Debemos de creerle a Jesús que está en medio de nosotros, debemos
ponernos siempre en dinamismo, bajo la docilidad del Espíritu. Por
eso estamos aquí, por eso les decía al inicio, no vengamos simplemente
a pedir por nuestra necesidades individuales el Señor las conoce,
nos conoce hasta el profundo de nuestro corazón. Vengamos por lo
que es lo esencial.
Que
esta iglesia de Tlalnepantla, en el contexto actual ante los desafíos
tan fuertes que vivimos como sociedad, seamos capaces de testimoniar
que el amor de Cristo se transmite a través de nosotros, que Cristo
se hace presente a través de nosotros como Iglesia y que ese sea
el atractivo, como dice el Papa Benedicto XVI, la fascinación
que nos lleve a Jesucristo.
Preparémonos,
así también, para ese momento que se acerca el próximo mes de la
venida del Santo Padre en nuestra patria. Será una palabra de luz
y de esperanza, para muchos nos confortará, nos consolará, nos animará,
nos entusiasmará, porque él es el sucesor de Pedro y el Vicario
de Cristo en la tierra.
Hoy
pidamos, desde aquí, a nuestra Madre Guadalupe a quien él invocará
en el Cubilete dedicado a su Hijo Cristo Rey. Pidámosle aquí a nuestra
Madre, la Morenita: Madre enséñanos a ser fieles discípulos de
tu Hijo y a dejarnos conducir por nuestros pastores en comunión
con nuestro Santo Padre Benedicto XVI.
Que
así sea.